Por favor, no te rindas

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Por favor, no te rindas 

No te rindas por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños, porque cada día es un comienzo, porque esta es la hora y el mejor momento, porque no estás sola, porque yo te quiero.

Mario Benedetti


Lo había entregado y creído todo. Entregué mi vida, mi corazón, mi alma y mi cuerpo. Invertí, trabajé, le dediqué tiempo,  me esforcé y construí. 

Construí planes y planos, con base en ellos edifique un proyecto, una casa, una vida y un futuro (si es que podía llamarse futuro) feliz, porque sería feliz según mi proyecto. Eso decía el contrato, recuerdo haberlo leído bien, muy bien. Y lo creí, todo. Y le aposté, todo. 

Y caminaba, y marchaba bien, de acuerdo a lo esperado, de acuerdo a lo pactado. Y cada día veía como se construían las paredes, los espacios, las habitaciones y avanzaba.

Hasta que un buen día, vino un viento fuerte que sacudió toda la casa y en un momento, todo se derrumbó. No importa cuánto intenté sostenerlo, cuanto luché o cuanto me aferré a ello, todo se había caído. 

-¿Cómo es esto posible? Era mi casa, era mi sueño, era mi vida. Yo la vi construirse, yo aporté, yo creí en éste proyecto y …había un plan, ¡había un proyecto! ¡No podía salir mal! 

Y no pude evitar recordar aquella escena del Titanic en donde los constructores decían que el barco era inhundible, pues había sido construido con la mejor tecnología y los mejores materiales de la época. Era el más grande y el más lujoso. “Ni siquiera Dios mismo puede hundir este barco.” –dijo uno de los empleados. Y bueno, todos sabemos lo que pasó y cómo termina la historia. Sí, el barco inhundible ¡se hundió! ¡Y lo impensable e imposible sucedió! 


Los más estudiados, los más conocedores y todos los ingenieros decían: “tiene que haber algo que se pueda hacer para salvarlo, el Titanic no se puede hundir.” 

Y recuerdo perfecto la escena con la cara del hombre diciendo: “estos son los planos, el daño ya está hecho y no hay nada que se pueda hacer, el Titanic se hundirá y en 2 horas todo quedará bajo el agua.” 


Bueno pues, yo también me hundí, no hubo nada que se pudiera hacer, y finalmente todo quedó bajo el agua, y conmigo se hundió mi “gran proyecto” y por supuesto mis ilusiones, quedando sepultadas en el fondo del océano. 

Buscaba fuerza en lo más profundo de mí ser, una fuerza que no sabía ni entendía de dónde venía pero que podía sentir que estaba ahí. Y ahí estaba yo, todos los días intentando nadar y salir a la superficie para poder volver a respirar, volver a vivir, quería por lo menos volver a ver un rayo de la luz del sol que me devolviera la esperanza, pues aunque en el fondo del océano no se podía ver, yo sabía que sí lo había, yo sabía que estaba ahí. 

Sin embargo cada día me costaba, cada brazada me dolía, cada impulso me cansaba. Había días en los que tenía que despertar pero no quería si quiera abrir los ojos. Sentía un profundo dolor y una tristeza que me inundaba como haciendo presión contra el suelo. Recuerdo solo cerrar mis ojos fuertemente y decir: Ayúdame, ayúdame por favor. Porque yo sola no puedo. Y entonces surgía esa fuerza en mi interior, esa fuerza que no sabía exactamente de donde venía pero que me ayudaba a seguir luchando. Un día a la vez. Una batalla a la vez. 

Y así pasaron los días y yo lo seguía intentando pero la verdad es que no sabía si algún día lo lograría, sin embargo, cada día escuchaba en mi interior una voz que me decía: “Sigue caminando, no te detengas.” No importa si tú crees que es demasiado difícil, no importa si estas cansada, no importa si crees que no estas avanzando ¡solo sigue caminando y NO TE DETENGAS! 

Lo escuchaba una y otra vez en mi mente y en mi corazón y eso me volvió INDETENIBLE.


Los días eran largos y cansados muchas veces, y muchos de ellos sentía que no podía más. Recuerdo días diciéndole a Dios: -Ya no puedo más, estoy cansada. ¿Por qué tengo que seguir? ¿Por qué tengo que esforzarme y seguir luchando? ¿Por qué no solo me puedo rendir? Hay personas que se rinden y se quedan a medio camino y otras mueren en el camino. ¿Por qué no puedo ser yo una de esas personas? Yo ya me quiero rendir y así poder descansar.   

Y la respuesta que pude escuchar ante mi queja y sufrimiento fue: 

-Si te vas a rendir, que sea a mis pies. Es el único lugar donde te es permitido rendirte. Si te quieres rendir, está bien. Ríndete. Te estoy esperando.   


Así que no me quedó más nada que ir a Sus pies y rendirme pues era el único lugar donde podía hacerlo y eso me salvó. 


En medio de tiempos difíciles y de tragedias, casi siempre hay muertos y heridos, pero también hay sobrevivientes. Yo me considero una. No soy víctima de mis circunstancias sino una sobreviviente. Sé que en algún momento moriré, pero por lo menos de ésta batalla salí herida pero viva. Y ahora no solo estoy viva sino que también mis heridas sanaron. Quise rendirme muchas veces, pero no lo hice, no sé por qué exactamente solo sé que no lo hice. 


Ahora mi vida es diferente pues Dios me dio una esperanza y un futuro, y me devolvió aún más de lo que yo creí haber perdido. Ahora doy gracias porque no me rendí y porque gracias a eso hoy estoy aquí, con la ayuda de Dios construyendo nuevamente, pero sobre una base más sólida. 

No te conozco y tampoco sé por lo que estés pasando o hayas pasado en tu vida, solo quiero pedirte un favor: NO TE RINDAS. 


El mundo necesita sobrevivientes, y me encantará poder tomar un café contigo y platicar, me encantaría que me cuentes y escuchar tu historia de sobrevivencia y aprender de ti, de cómo lograste salir de aquella situación que casi te mata pero que no pudo contigo. Pues aunque el mundo pensó que te destruía, en realidad solo te volvió más fuerte y más valiosa.

Inspirarás a muchas, y juntas saldremos adelante, levantándonos unas otras, en lo que haya de venir y en las pruebas que nos toqué atravesar, pero seremos felices, de verdad ¡serás feliz! Y volverás a sonreír, te lo prometo. 


Por eso, por ésto y mucho más por favor no te rindas.  

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