Llevaba un vestido rojo y a nadie le importó

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Llevaba un vestido rojo y a nadie le importó 

¿Llamar la atención o pasar desapercibida?

 

“Les confieso que yo he sido una persona invisible y sin opinión propia (bueno, a lo mejor la tenía pero no me atrevía exteriorizarla), prefería no llamar la atención nunca. Durante más de la mitad de mi vida he sido una sombra, un cuerpo sin personalidad, siempre calladita y manteniéndome al margen de la vida misma. No sabía por qué era así y en el fondo tampoco me molestaba; estaba bien tranquilita. A veces me pasaba que sentía deseos de sobresalir en algo que sabía hacer bien, pero por el miedo a que me tachasen de “creída”, o que no gustaría, o que me iban a hacer preguntas que no sabría contestar, decidí quedarme tranquilamente en mi reconfortante zona de confort.” 


Estas fueron las palabras de Karina, cuando las leí me sentí completamente identificada con ella, yo  he elegido la opción de querer pasar desapercibida y evitar llamar la atención, y no, no creo que sea la mejor opción y tampoco creo que esté bien pero por alguna razón a veces quiero esconderme y que pocos o nadie me vea.


Una temporada de mi vida entre los 12 y 14 años, mi hermana y yo vivimos solo con mi papá en la Ciudad de México y recuerdo que necesitaba una mochila para la escuela, pero en la secundaria ya me sentía “grande” y  no quería una mochila de niña, así que fuimos a Liverpool y vi una bolsa grande de varios colores que me gustó, la quería y a la vez no porque pensé que llamaría mucho la atención entre mis compañeras de clase. Hasta que mi papá me preguntó cuál quería y yo le respondí contándole mi dilema, a lo que me dijo: “Si a ti te gusta cómpratela” y me la compró. Al principio me costó trabajo usarla, a veces quería regresar a mi mochila fea y vieja, me daba pena que me vieran con una nueva y bonita, la quería esconder tapándola con mi suéter aunque a decir  verdad no sé si lo que quería esconder era la mochila o a mí.


Hoy, 18 años después aquí me encontraba en el mismo dilema, solo que ahora no era una mochila sino un vestido para la boda de mi hermana. Siempre había querido usar un vestido rojo porque se me hacía elegante, llamativo y fuerte, pero como podrás suponer en contadas ocasiones opté por otros colores más claros para “no llamar tanto la atención”, sin embargo en ésta ocasión me probé muuuuchos vestidos y el que mejor me quedó ¡era de color rojo! , me lo probé y me lo quité intentando encontrar un vestido de un color más neutro para usar, algún rosa pálido o lila pero no me quedaron y por primera vez, ¡me puse un vestido rojo! y no solo eso también tenía lentejuelas y brillos, sin olvidar que mis uñas estaban pintadas de rojo y mis labios también.

 

Supongo que pasar desapercibida me otorgaba ciertos beneficios, pues por algo lo elegía. Cuando eres una persona “invisible y sin opinión propia” (como diría Karina), vives la vida tranquilamente, nadie te reprocha nada y casi nadie tiene problemas contigo, buscas realizar trabajos “fáciles” y tareas poco complicadas pues así tendrás menos margen de error y poca probabilidad de equivocarte y fracasar, y probablemente te llevarás pocas decepciones y golpes pues es preferible no arriesgarse ni atreverse, además, si no te notan, tampoco podrán humillarte, avergonzarte o hacerte daño.

Eso pensaba yo, queriendo vivir la vida promedio, aunque en el fondo no me sentía bien, me sentía limitada y recluida, porque la parte mala de querer pasar desapercibida es que nadie verá tus enormes capacidades y talentos, no vivirás la satisfacción de haber llegado lejos y vivirás haciendo lo que la mayoría hace y repitiendo lo que otros dicen, sin tener voz ni opinión propia, siendo como un eco en medio de una cueva.


Según la mitología griega, Eco era una ninfa que fue criada por musas, al crecer, Eco se convirtió en una joven muy hermosa y su mayor virtud era su preciosa voz,  de su boca salían las palabras más bellas jamás pronunciadas y todo aquel que las escuchaba quedaba embelesado. Tan bonita era su voz que la existencia de Eco llegó a oídos de Hera, la diosa de la Guerra. Hera tuvo miedo de que Zeus, su marido y dios del Olimpo, se enamorara de Eco al escuchar su maravillosa voz. Un día, Zeus se fijó en ella y Eco lo sedujo con su agradable conversación, por lo que Hera se enojó y quiso darle a Eco un escarmiento:


-A partir de este momento perderás el control sobre tu voz y te condeno a responder con la última palabra que escuches por toda la eternidad.

Y así fue como Hera obligó a Eco a vivir alejada de todos en una cueva condenada a repetir la última palabra que diga cualquier persona.



A mí no me obligó Hera pero yo he pasado mucho tiempo dentro de una cueva, es como mi refugio en aquellos momentos de vulnerabilidad, corro hacía ahí cuando siento que alguien se está acercando demasiado a mí, lo suficiente como para poder avergonzarme lastimarme. En la cueva nadie podrá hacerme daño y tampoco yo lastimaré a los demás, estaré aquí dentro tranquila, sola, sin conflictos ni retos aterradores, sin tener que lidiar con el mundo exterior, contemplando todo desde adentro, mirando la vida a lo lejos.


Hay algo de las cuevas que me gusta, pues me hace sentir como “protegida”, sin embargo sé que es un engaño y que no es mi lugar. Aunque al principio puede parecer un lugar “seguro” la verdad es que no lo es, es una trampa que me ha tenido atrapada.

Conforme pasa el tiempo dentro de la cueva solo me voy sintiendo peor, cada día más sola, cada día más lejos de todo y al igual que Eco solo repitiendo las palabras de alguien más en lugar de poder decir las propias.


Tal vez Hera no me maldijo ni me condenó pero yo misma lo he hecho al pensar que aquí resguardada iba a estar bien y que el mundo y las personas también estarían mejor sin mí. Así fue como me convertí en mi propia enemiga y me di cuenta que yo misma me había encerrado, que yo sola me había castigado y a su vez, castigué a los demás por privarlos de mí.


Y es entonces cuando en medio de la cueva escuché una voz que me dijo:

-¿Qué haces aquí, Tania?

- Tuve miedo y me escondí, me asusté y huí. Pensé que aquí estaría “a salvo”

- Tú crees que lo estás porque parece un lugar “cómodo”, “seguro” y  “promedio”, sin embargo, nada puedes lograr aquí, tú no perteneces aquí,  éste no es tu lugar, hay un mundo allá fuera que espera por ti y por lo que Yo he puesto dentro de ti.


“Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios.” Romanos 8:19 RV 60


-      - ¿Pero … por qué no puedo salir? la salida y tanta luz me parecen aterradoras, siempre que intento dar un paso fuera me siento insegura, me parece demasiada exposición y no sé cómo lidiar con eso, a veces siento que no podré mantenerme y eso me hace querer regresar a la cueva, en donde “nadie me ve”.

-       -Ya no vivas creyendo esa mentira. El mundo te necesita, por eso te mandé aquí con un propósito especial, así que sal de esa cueva.


Ahora he entendido que por más que lo intente jamás podré pasar desapercibida, ni tu tampoco. Somos Hijas de Dios y Él ha puesto un brillo especial en nosotras, una luz que no puede ocultarse, una gracia especial.

Y el mundo ¡sí te necesita!, necesita de tu luz y de todo lo increíble y único que Dios ha puesto en ti, tienes tanto que dar y que ofrecer que no te puedes quedar en la cueva, ¡sal de ahí! Muchos te esperan, muchos quieren verte, escucharte, leerte y estar cerca de ti.

Estamos aquí para contribuir en algo y para dejar una huella (por muy pequeña que sea), hay mucha vida en tu interior y mucho que aportar para este mundo cada vez más necesitado, así que ponte ese vestido rojo o azul o amarillo o del color que quieras pero sal y brilla.


¿Sabes que pasó cuando me puse ese vestido rojo?

En la fiesta, bailé, me reí, disfruté y ¿por qué no? brillé como nunca. Y en mi vida, bueno … creo que eso aún está por verse.


Y te quiero ver a ti también, brillando en ese vestido rojo, mostrando tu personalidad auténtica, tal y como lo hizo Karina.


Solamente después de descubrir y entender por qué era esa sombra aburrida (aunque útil, eso sí) empecé a cambiar. ¿Qué ha sido fácil? ¡Para nada! ¿Qué ha valido la pena? ¡Mucho! ¿Qué queda trabajo por hacer y cosas por aprender? ¡Siempre!

Me gustaría animarte a salir de la invisibilidad. La vida cambia y la capacidad de disfrutar de los retos se hace cada vez más grande, de la misma manera que cada vez hay más frutos. Frutos que son la prueba tangible de la huella que vas dejando. Creo, incluso, que es nuestra obligación hacer “nuestro” trabajo personal para salir de la sombra y de enseñarles a otros que no hace falta esconderse. Piensa por un momento en Dios, que te ha dotado de ciertos talentos, que por no desarrollarlos dejas que el mundo no pueda sacar  provecho de ellos ¿te puedes imaginar su enorme decepción? -Karina


 

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